Reflexiones

“El primer sistema de patentes para proteger la propiedad de las invenciones fue creado, hace casi cuatro siglos, por Sir Francis Bacon. A Bacon le gustaba decir: «El conocimiento es poder», y desde entonces se supo que no le faltaba razón. La ciencia universal poco tiene de universal; está objetivamente confinada trás los límites de las naciones avanzadas. América Latina no aplica en su propio beneficio los resultados de la investigación científica, por la sencilla razón de que no tiene ninguna y en consecuencia se condena a padecer la tecnología de los poderosos, que castiga y desplaza a las materias primas naturales. América Latina ha sido hasta ahora incapaz de crear una tecnología propia para sustentar y defender su propio desarrollo. El mero trasplante de la tecnología de los paises adelantados no sólo implica la subordinación cultural y, en definitiva, también la subordinación económica, sino que, además, después de cuatro siglos y medio de experiencia en la multiplicación de los oasis de modernismo importado en medio de los desiertos del atraso y de la ignorancia, bien puede afirmarse que tampoco resuelve ninguno de los problemas del subdesarrollo... Es en el norte, por supuesto, donde se diseñan los modelos electrónicos y se crean los lenguajes de programación que América Latina importa”
– Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina, 1971, págs. 406-407

Cuando el mundo era joven, cuando Linus aún no publicaba su kernel, yo leí a Galeano, por primera vez, en fotocopia, porque el libro estaba prohibido, años después me compré una copia en México, de la que extraje el fragmento de arriba. En 1998 ese fragmento en particular me impactó mucho, porque estaba obsesionado por la creación de un lenguaje de programación, ya antes había construido uno, y logrado venderlo, con una virtual machine incluida (antes de que existiera Java), y creía en la promesa del software libre, al menos cómo los entendíamos en esa época. El software libre era la manera de lograr la independencia tecnológica.

Pero con el tiempo, me he dado cuenta que esas ideas se han diluido, el software libre ya no se trata de construir software, ya no es de crear, se trata de importar el código que otros programadores escriben en el norte, y usarlo, y si falla, esperar a que alguien lo repare, o “forear”, o buscar en Google un workaround, mientras esperamos el próximo release (al menos los ciclos parece que son más cortos, y como no se paga licencia, tenemos más paciencia).

Cuando estaba en la Universidad soñabamos en desarrollar paquetes gráficos, en emular a Pixar, en escribir nuestros propios renderizadores, o herramientas de morphing en 3D, hoy los chicos aspiran a aprender el SDK de Android, o armar un GUL (Grupo de Usuarios Linux), y que más pueden hacer, ¡si ni siquiera les enseñan a construir un compilador!. Nosotros fallamos, dejamos de soñar y desarrollar, y las generaciones que siguieron, no pudieron remontar nuestro  fracaso.

Usuarios, no **desarrolladores, *con eso nos conformamos. No me gusta eso, no es lo que yo sentía cuando marqué mi copia del libro de Galeano, que tuve que desenpolvar ayer, para transcribir el texto citado, no era la idea. La idea era crear nuestra propia tecnología, nuestros propios emprendimientos, nuestros proyectos, *desarrollar, no usar lo que otros desarrollan.

Yo no quiero una industria basada en la tecnología de afuera, aunque sea abierta,  yo quiero ver desarrolladores, quizás estoy loco, y estoy muy viejo para seguir tragándome el discurso de Galeano, a lo mejor hay que conceder, y aceptar que sean los barbudos del norte, que son más inteligentes que nosotros, los que escriban el software... No, ¡yo no quiero eso!, ¿y ustedes?

Es tiempo de desempolvar algo más que viejos libros...

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Ingeniero, autor, emprendedor y ejecutivo chileno. Apasionado programador.

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