La inteligencia como capital

El debate entre copyright y copyleft es cada día más absurdo. En su afán de defendernos del malvado copyright, se ha generado y promovido su imagen especular. Al final toda polarización sólo genera más problemas. Ese afán del dualismo en el hombre, que al eliminarlo de nuestras creencias trascendentes, lo hemos dejado en nuestra creencias mundanas, nos lleva a estas eternas luchas entre el bien y el mal.

Google alerts siempre me sorprende con artículos interesantes, y esta vez me topé con este artículo, que repoduciré aquí (creo que su autor no se molestará). El original fue encontrado en esta dirección:  http://www.acam.es/noticias_detalle.php?id=1397.

El discurso de Daniel Vicente es duro, y provocador, pero iluminador para los que tenemos nuestras sospechas del copyleft, y que nos sentimos muchas veces confundidos entre tanta verborrea.

Los dejo entonces con el artículo de Daniel VIcente, LLANEROS DEL COPYLEFT, MAQUINISTAS DE LA MORAL

LLANEROS DEL COPYLEFT, MAQUINISTAS DE LAMORAL

Terminé por ir al seminario del Copyfight, por si me redimen Nacho y su troupe ilusionista. Quizá mañana lo logren, esos yuppies. Ha pasado enfrente de mí la gran vedette, incorporada a última hora, y se ha ido gritando “¡la máquina es imparable!". Poco antes otro gurú, Cervera, había dicho que el software es una cuestión moral. También la siesta. Vaguedades como puños.

Con todo, he tomado con diligente respeto algunas notas, que para eso se supone que están los seminarios, para que germinen. Aunque me haya sentido como un extraterrestre, incapaz de empatizar pese a mi buena disposición. En total había unas 40-50 personas, contando a los cuatro ponentes, entre los que figuraba una tonta del haba de buen ver y torpe verbo. Ha habido un momento gracioso cuando el conferenciante que oficiaba de maestro de ceremonias, un tal José Luis, se ha referido a la muchacha como alguien que escribe “un blog que no necesita presentación”. Sin embargo, el público que “in absentia” la ha mentado varias veces lo ha hecho con expresiones tan poco halagüeñas como “la chica aquella de antes”. Lo que me dice mucho de la escasa percepción de la realidad y de sus propias posibilidades que tienen estos alucinados.

El asunto del debate requiere cierta familiaridad con la problemática y la terminología. Sus líneas maestras: la propiedad intelectual y la decadencia del actual modelo de copyright, las grandes paradojas a las que conduce tras la revolución tecnológica de Internet (la máquina imparable). Et alia.

REVOLUCIONARIOS UTÓPICOS LIBERALESACÉRRIMOS

Lo primero que me escama de este zafarrancho, y que debería haber hecho saltar las alarmas en todas partes, es que los supuestos revolucionarios utópicos y los liberales más acérrimos estén de acuerdo en casi cada uno de los puntos. Arrojo varias ideas al aire:

  1. Cuando desde estas instancias se dice que la propiedad intelectual es libre, en realidad se la está subyugando a la propiedad material de bienes de terceros capaces de adquirirla, reproducirla e incluso manipularla sin pasar por caja. La libertad tiene aquí sólo el sentido liberal de libertad de circulación, entendida ésta como imperativo frente a la libertad de disposición. La industria de los productos de lujo (y la cultura es una de ellas, posiblemente la más lucrativa) sirve, entonces, al cometido de evitar que la propiedad se estanque en la calma chicha de ahorros y especulaciones.

  2. Hasta ahora no se había ordenado nunca: ¡Compra o te expropiamos! Pero hoy ya empieza a escucharse: ¡Regala o te expropiamos!. Al mismo tiempo adquiere forma el entramado de incentivos, virtuales como la red que los parió, destinados a disimular el mandato subyacente y a hacerlo amable. Tal regalar es un malvender, un arriesgar a fondo perdido. Es la contrapartida del impulso ciego del consumidor: la producción ciega y ya sin ganancia, la producción por la producción que mantiene vivo al monstruo. La máquina imparable de Escolar.

  3. Al margen de las discrepancias profundas, observo ya fisuras en la presentación misma del asunto en lo que respecta a su vertiente estratégica. Porque, si se afirma que no se está en contra del copyright, sino de su exclusividad asfixiante frente al más abierto copyleft, modalizable y de naturaleza contractual, que representaría su alternativa simultánea, ¿por qué se justifica la piratería con coartadas como el derecho a la cultura, esto es, el derecho a consumirla pero no a producirla con garantías de rentabilidad?

  4. Ningún derecho es ilimitado. Luego, si incluso el copyright tiene límites temporales para no arruinar el uso social, aunque sean claramente insuficientes, ¿no debería tenerlos también el llamado derecho a la cultura, léase a su difusión gratuita y universal? Entonces me pregunto: ¿Son revocables las licencias en copyleft? Es decir, ¿puedo adquirir de nuevo los derechos a los que he renunciado? Si no lo son, el sistema no resulta menos draconiano que el copyright en la actualidad, salvando el detalle de que al otrora vilmente timado se le llama hoy alma generosa. Y si lo fueran, como no es el caso, ¿no habría que considerarlo un copyright para pobres, recomendable en el intervalo necesario para venir a mejor fortuna? ¿Qué cambia y a quién quieren engañar?

  5. Contra el socialismo de mentirijillas que practican los copyleftistas anarcoides y que aplauden los liberales, objeto: Toda propiedad privada es un pequeño monopolio y es siempre, por definición, antisocial. Dado que, si sólo puedo hacer lo que los demás me dejan hacer, no se me concede un derecho, sino que se constata aquí y ahora un estado de hecho que mañana quizá cambie independientemente de lo que yo desee o acuerde. Sostener que las ideas no pueden ser propiedad privada cuando la propiedad privada en sí, su concepto, es una idea que goza de mil protecciones resulta de un cinismo aterrador. Pero yo lo he visto y lo he escuchado. Con mis ojos, con mis oídos. Esta misma tarde.

  6. El conflicto, en consecuencia, es el siguiente: Crean los menos, reproducen los más. ¿Pueden éstos imponer a aquéllos su voluntad “de facto”, privándoles de todo derecho o reduciéndolo a lo simbólico sólo porque están en minoría? En otras palabras: ¿Puede el derecho de reproducción sobreponerse al de creación? Y éste no es sólo la libertad de crear, ya que se incluye también la de vivir de lo creado, la de invertir un tiempo de forma seria para que determinada obra reúna características competitivas, dignas y perdurables.

EL ERROR DEL COPYLEFT

  1. En mi opinión, el copyleft parte de un error de base y es el protegerse de las ansias de lucro ajeno, entendido como explotación directa, y dejar desguarnecido, en cambio, el flanco de la explotación indirecta y negativa que supone el uso gratuito indefinido.

  2. Se argumenta también que mientras que el copyright regulaba la escasez cuando la había, ahora, en tiempos de abundancia y vacas gordas tecnológicas, lo que quiere es, mediante restricciones artificiosas, generar las carencias necesarias para mantener los privilegios de los que viven de rentas. O sea, antes había escasez de medios para difundir las ideas y ahora no la hay, debido a que el alcance de Internet es potencialmente mundial e inmediato. Pero cuidado: que las ideas puedan transmitirse con suma facilidad no significa que suceda otro tanto a la hora de generarlas. Si las ideas no fueran escasas en su génesis, si reservamos esa cualidad sólo a los bienes materiales, no convertibles en bytes, estamos privilegiando la posición en el mercado de los que detentan los recursos tangibles en detrimento de los que, en base a su competencia personal e intelectual, sólo conservan expectativas de derecho. Y todo para resguardar al consumidor, “id est”, al empresario (y su férula contractual). Porque no hay uno sin el otro, Cervera dixit.

  3. Estamos de acuerdo en que lo que no es tradición es plagio, pero éste no es el tema. Que lo que escribo o lo que compongo sea original o no es lo de menos. No tiene por qué serlo y es suficiente con que resulte novedoso en algún grado significativo, que aporte utilidad con respecto a lo que le precede, que le añada valor. Es creación, por cierto, lo que no es natural, lo que tiene fines humanos y una determinada plasmación en un lenguaje. Mas, insisto, no es el tema. Aquí lo que está en juego es si consideramos a la inteligencia como un capital o como un servicio. Para mí es un capital sin duda. Un capital es el conjunto de bienes en cuya naturaleza está el generar rendimientos con carácter regular para el que lo ostenta en el todo o en la parte; mientras que un servicio los genera normalmente de una sola vez al que lo presta; entiéndase: al que se deshace de él o de sus condiciones de posibilidad (tiempo, recursos, etc.). Pero nadie se deshace de su inteligencia. Ésta es, pues, por naturaleza, un capital, pero por convención del más fuerte, o sea, de aquellos en disposición de hacerlo rentable recibe el tratamiento de servicio, cobrándose con plusvalía y manteniendo al creador en precario.

  4. Hoy se ha escuchado: “La industria cultural no quiere venderte sus productos, sino alquilártelos”. Respondo: la función del capital no es venderse ni alquilarse, sino rendir sin consumirse. Repárese en que cuando nos venden un producto nos están vendiendo sólo su hechura material, lo que consumimos de él, no su forma o concepción. Lo último depende de la inteligencia, que es capital. Y no puede pretenderse la plena disposición, ni tampoco la fragmentaria, sobre un capital ajeno que no nos ha sido transmitido.

  5. Escuché, además: “Necesitamos filtros”, filtros para cribar la sobreabundancia de información. Y luego: “Deberíamos pagar a esos filtros en lugar de perseguirlos”. Pero, digo yo, ¿no son tales “filtros” los mediadores de los que se quería prescindir para hacer el producto más barato? ¡Y ahora hay que pagarles! Se entrevé la nueva burocracia, los nuevos intereses creados.

  6. El único progreso tolerable, bajo mi punto de vista, sería lograr el reconocimiento de la inteligencia como capital mediante su redefinición vinculante en una ley del Estado. ¿En qué casos? Cuando esa inteligencia, como creatividad, constituyera parte esencial del producto final vendido, verbigracia, en toda obra o exhibición artística.

  7. Finalmente, aclarar que no soy partidario de una aplicación extensiva del copyright. Basta con que quien usa una vez de algo de mi creación lo pague una vez, siempre que no se lucre con ello en ulteriores ocasiones. El copyright actual es abusivo porque no se pone límites y, cómo no, desemboca en un absurdo. ¡Qué digo! En dos absurdos: el copyright (este copyright) y el copyleft.

Como conclusión, quisiera comentar la frase siguiente, que se ha esgrimido como un fetiche y no es más que una perogrullada: “La cultura no existe sin espectador”. Estoy de acuerdo, pero luego se añade la paparrucha: “La cultura no es unilateral”, como dando a entender que el espectador también es artista en un mismo e indisoluble proceso. A esta falacia se la contesta así: Si todos somos artistas, no hay cultura, puesto que se ha convenido que para que ésta se dé se requiere un espectador. Y si todos somos espectadores, evidentemente tampoco la hay, porque no hay nada que ver. Ahora bien, si somos ambas cosas, es una obviedad postular que la cultura necesita al espectador, ya que es imposible sustraerse a él.

Copyfight, Elástico, saltimbanquis, melenudos, rojeras todos. Y yo a dos velas, pero encendidas todavía, huyendo de la toxicidad discursiva que reinaba en el ambiente. Otra broncínea máxima: “la cultura es un verbo, no un sustantivo”. Cultura verbosa e insustancial, he pensado.”

Daniel Vicente es abogado.

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Autor

Ingeniero, autor, emprendedor y ejecutivo chileno. Apasionado programador.

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